Te levantas un par de horas después de haberte dormido sin saber muy bien porqué. Bueno, en realidad sí que lo sabes, pero como darle vueltas es precisamente lo que te ha llevado a desvelarte, deduces que mejor intentar no pensar en ello. Así que, para quitartelo de la cabeza, decides hacer cualquier tarea de la casa compulsivamente. Te entregas a ella con la fé obsesiva de un talibán pero, al haber dormido sólo un rato, con la habilidad de un elefante en un bidé. Lo cual convierte estos pequeños quehaceres en mucho más torpes y costosos de lo habitual.
Así, con cada desamor, crisis existencial o de trabajo, mis vecinos comienzan a oir una serie de extraños ruidos en medio de la noche, pisotones, movimientos de cosas, lavavajillas, etc. En el barrio se comenta qué si nuestra casa está encantada. Yo, por si acaso, hago como que no lo oigo... Y ahora os dejo, que hemos tenido movida en la empresa y me voy a poner a limpiar los armarios de la cocina.